jueves, 13 de marzo de 2014

Olga Bernad


Hoy comparto aquí un texto de Olga Bernad, que me ha tocado especialmente al escucharlo -en la voz de María Pérez Collados- hace un momento, en la presentación de su último libro Algunos cisnes negros

Leo a Olga y me gustaría, tantas veces, haber escrito lo que ella escribe... que ya no sé si lo que siento es admiración o envidia corrosiva: cada obsesión es un trozo de amor destartalado, dice, y un poco más abajo... o un zarpazo de inmensidad que no cabe en la cabeza. Grande.


La terrible virtud de ser inolvidable

Noches hubo en que me creí tan seguro de poder olvidarla
que voluntariamente la recordaba. Lo cierto es que abusé
de esos ratos; darles principio resultaba más sencillo que
darles fin.
Jorge Luis Borges, El Zahir 

Moneda  o ser amado, poema o canción, tigre rayado o sable poderoso, el sujeto que atrapa nuestro pensamiento juega con nosotros. Somos su presa y nuestra mente el lago azul o negro en que su imagen, su concepto, su voz o sus palabras se repiten y doblan, se reflejan como si fueran ciertos mil veces, vuelven a ser y siguen siendo hasta convertirse en obsesiones. La cordura, los horarios, las frases hechas y la filosofía, todo lo razonable, sólo son piedras lanzadas inútilmente contra la superficie del lago, intentos infantiles de hacer desaparecer la imagen impresa en el deseo o en el alma. Sólo es cuestión de tiempo que el agua lisa vuelva a reflejar lo que quiere y sepa ser espejo de nuestros pensamientos.

A veces el camino es perderse en ellos, zambullirse desnuda en el estanque ciego, repetir un nombre hasta que no signifique nada. Gastar el Zahir a fuerza de pensarlo, decía el maestro. Pero el Zahir es lo inolvidable, y lo inolvidable puede enloquecer. Detrás de cada ser inolvidable (el notorio, el visible) Borges intuía la existencia de Dios, quizá para consolarse. Por eso al decir "Zahir" pronunciamos uno de sus noventa y nueve nombres.

Cada obsesión es un trozo de amor destartalado, el reflejo imperfecto y tenaz de una arquitectura que sabemos perfecta, un barco que se hunde para siempre, una caricia o un zarpazo de inmensidad que no cabe en la cabeza. Pero es un poco de inmensidad, la sombra de la rosa.

Olga Bernad


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